Indumentária Boleadeiras  

Fernando Assunção
Pilchas Crillas - Montevideo, 1979, pág. 187

em Véra Stedile Zattera,
Gaúcho - Vestuário Tradicional e Costumes

Después de referirnos al cuchillo, justo es que nos dediquemos ahora a otra arma y utensilio, que enrollado en su cintura, fue tan importante en su cultura, como para recibir el simbólico y poético nombre de Tres Marías y despertar el mayor interés de viajeros y estudiosos de los costumbres del gaucho.

De entre todos los utensilios de caza y/o armas utilizados por el tipo rural rioplatense, ninguno más característico, más propio, más diferencial, que la boleadora. Junto al chiripá, la bota de potro y el poncho, constituyera los cuatro ángulos más salientes y aparentes de su personalidad exterior.

Boleando avestruces, Federico Reilly

"Boleando Avestruces, Federico Reilly"

I. HISTORIA

La boleadora es herencia cultural que las tribus autóctonas sudamericanas de la región platense dejan al gaucho, ese europeo rebarbarizado que, enfrentado a un paisaje nuevo, hostil, en muchos aspectos regresa y a la vez se adapta a él.

Un trabajo muy importante se ha publicado sobre este elemento fundamental de caza y guerra: La Voladora, del cual es autor el arqueólogo argentino don Alberto Rex González, que en una monografia de casi trescientas páginas, prácticamente agota el tema. Desde luego que los conceptos capitales que habremos de dar én este primer parágrafo que servirá a modo de síntesis histórica de las boleadoras, están basados en las conclusiones de tan enjundioso estudio.

No pueden existir dudas en cuanto a que los españoles, los europeos en general para mejor puntualizar, desconocían totalmente, al iniciar la conquista, el uso de la boleadora.

Oviedo, en su Historia General y Natural de las Indias, 1, libro VI, capítulo XLV, señala al respecto: "Mas tengo por cierto que de aquella arma.... que los indios usan en las comarcas y costas del Río Paranaguaçu, (alias Río de la Plata), nunca los chripstianos la supieron ni leyeron, ni los moros la alcanzaron, ni antiguos ovieron della noticia, ni se ha oydo ni visto otra en todas las armas ofensivas tan dificultosa de ejercitar; porque aún donde los hombres la usan, los menos son hábiles para la exercer".

Aunque las investigaciones arqueológicas permitem afirmar que su uso fue conocido en Eurasia y Africa, es evidente que tal aconteció con anterioridad a las que llamamos culturas clásicas o por mejor decir, corresponde a etapas prehistóricas, habiéndose a posterior perdido tal antecedente cultural.

También en Norte América y otras regiones del Nuevo Continente ocurrió algo similar, de tal modo que al iniciarse la conquista, a execepción del espacio territorial que denominaremos área de la boleadora, de fronteras evidentemente difíciles de delimitar en forma muy precisa, cosa que intentaremos de inmediato, pero que de todos modos ocupa una buena parte del territorio meridional de la América del Sur; sólo los esquimales de Groenlandia conodras, muchi más livianas, utilizándolas para la caza de aves al vuelo.

El área de la boleadora puede delimitarse así: Imperio Incásico y sus zonas de influencia, desde Ecuador, Perú Y Bolivia; todo el actual territorio argentino; todo el territorio uruguayo, y la parte sur del estado brasileño de Río Grande del Sur.

En Chile aunque se han hallado bolas de piedra en yacimientos arqueológicos del Norte, y aunque es sabido el uso que de esta arma hicieron los araucanos en la región pampeana, es evidente que no se usaba al momento de la conquista.

Las zonas culturales del Imperio Incásico perdieron su uso poco después del comienzo de la conquista y colonización; sólo algunas tribus selvícolas de Bolivia, aymarás y urus, v. gr., continúan usando un arma del tipo de la esquimal que hemos descrito antes, para la caza de aves.

Hay pues, una zona fundamental, históricamente, dentro del área de la boleadora: es la constituida por las regiones sureñas y pampeanas mesopotámicas y litoráneas y las llanuras verdes y las cuchillas uruguayo-riograndenses.

Allí la boleadora; convertida en primera arma de guerra por los gupos indígenas que se hacen caballeros: charrúa-minuanes, pampas (con todos sus componentes), guaraníes, chanás, y tapes; será bien pronto recibida por el nuevo elemento rural, mestizo o criollo, como herencia cultural de primer orden, sólo comparable en importancia etnográfica y económica al mate.

II. TIPOS DE BOLEADORAS

Dos tipos bien diferenciados de bolas usaban los indígenas al momento de la conquista: la llamada bola perdida y la boleadora de dos o tres bolas. La primera es la boleadora de una sola piedra la cual podía ser redonda, ovoidal o, con mucha frecuencia en especial entre los charrúas de nuestro territorio, una piedra erizada con múltiples mamelones puntiagudos de las llamadas rompecabezas.

desenhado em Mão Gaúcha, de Barbosa Lessa La soga de esta bola era relativamente corta y se utilizaba tanto para arrojarla a modo de honda (efecto simplemente de golpear a distancia), o para mantenerla asida a la muñeca usándola a modo de macana para herir.

El ya mencionado Oviedo (op. cit.) libro XXIII, Cap. V., pág. 183, describe así su uso y características: "Toman una pelota redonda de un guijarro pelado, tamaña o mayor que un puño de la mano cerrada, y aquella piedra atada a una cuerda de cabuya, gruesa como medio dedo, y tan luenga como cien passos, poco más o menos, y el otro cabo de la cuerda átanlo a la mufieca del braqo derecho, y en él revuelto la restante de la cuerda, excepto quatro ó cinco palmos della, que con la piedra rodean é traen alrededor, como suelen hacer los que tiran con hondas; pero como el de la honda rodea el braço una ó dos veces antes que se suelte la piedra, estos otros la mueven alrededor en el aire con aquel cabo de la cuerda diez ó doce o más vueltas, para que con más fuerza salga la pelota é mas furiosa vareszan, y en el instante soltándola, extiende el braqo el indio que la tira, porque la cuerda salga y proceda libremente, descosiéndose sin detennencia ni estorbo para la piedra".

Centenera, como lo señala muy acertadamente Rex González, indica claramente el efecto o fin traumatizante de la bola perdida lanzada, bien diferente de las de dos o tres piedras de fin envolvente o de traba, cuando dice:

"y tienen en la mano tal destreza que aciertan con la bola en la cabeza". (Canto X, La Argentina).

Señalemos finalmente que el Diario de Aguirre, nos tira un pial necesario, y nos da no sólo la correcta descripción de forma y uso de la bola perdida, sino también, lo que es muy importante, las diferenciáis esenciales existentes entre dicha arma india y la boleadora de dos o tres bolas.

Dice: "La bola llamada perdida, es de piedra o de metal trabajada por ellos, del tamaño de una de trucos. Le atan un pedazo de lazo largo como vara o poco más y en el otro extremo que es por donde la toman para manejarla, le ponen plumas de avestruz".

"La volan sobre la cabeza como la honda y la despiden con acierto a bastante distancia. Lo que llaman aquí comúnmente bolas son dos de piedra o madera, puestas en un lazo largo como los otros y estos solo sirven para enredar los animales".

Muchos testimonios tenemos del uso de la bola de dos piedras por parte de los indígenas platenses. Ulrico Schmidl, el singular soldado-historiador de la expedición de Mendoza, es el primero que, aunque con cierta oscuridad, nos da una versión del uso de dicha arma; en el capítulo VII de su obra indica: "Dichos querandís... también usan una bola de piedra, sujeta a un largo cordel, como las plomadas que usamos en Alemania. Arrojan esta bola alrededor de las patas de un caballo o de un venado, de tal modo que éste debe caer; con esta bola he visto dar muerte a nuestro referido capitán e a los hidalgos lo he visto con mis propios ojos".

El segundo testimonio, éste gráfico y de indudable valor, es el grabado de la obra de Otssen. Más tarde, tenemos el siguiente, en una carta al Rey, del Gobernador Diego Rodríguez Valdez y de la Banda, fechada en Buenos Aires en 1599, que dice refiriéndose a los indios: "no es gente de quien se puede fiar, pelean con arcos y con dos bolas de piedras asidas en una cuerda como de dos bralas y teniendo la una bola en la mano y trayendo la otra alrededor las tiran con tanta destreqa que a cien pasos enredan un caballo y un hombre, un benado y un abestruz y en el aire algunos abes de cuerpo como son patos y otras semejantes".

Fray Reginaldo de Lizárraga, en una descripción colonia de fecha aproximada a 1595, nos cuenta con respecto a los indios que moraban en el camino de Córdoba a Santa Fé: "usan de unos cordeles... de tres ramales, en el fin del ramal, una bola de piedra horadada que va corriendo y le atan de pies y manos com la vuelta que dan las bolas, y dan com el caballo y el caballero em tierra, sin poderse menear."

Ya en el siglo siguiente, encontramos una noticia de interés a este respecto en las cartas del Gobernador Góngora, escritas durante la visita efectuada a las reducciones de la jurisdicción de Buenos Aires el 2 de marzo de 1620. Dice con respecto a los indios de la reducción del cacique Juan Bagual: "Andan sobre unos pellejos con estrivos de palo y algunos con frenos... usan de algunas volas a manera de ondas y de unos arcos con flechas".

A pesar de ser posterior a la fecha que estamos estudiando, es evidente que esta noticia se refiere a los indios que conservan sus usos y costumbres originales, aunque ya comienza a notarse un cierto agauchamiento, digamos, en lo que se refiere al modo de montan.

Más tarde, ya en pleno siglo XVIII, en la relación de los peligros y desventuras que sobrellevó Isaac Morris y sus compañeros, un grupo de náufragos ingleses en la costa sur de la Argentina, encontramos una interesante descripción de las costumbres de los indios de esas regiones, que evidentemente conservaban aún en esa época sus usos tradicionales. Por tratarse de una exposición detallada y completa, no me he resistido a la tentación de transcribirla integramente en lo que se refiere al uso de las boleadoras y el lazo. Dice así: "Tienen dos maneras diferentes de capturarlos (íe refiere a los caballos cimarrones) cada una de las cuales he visto practicar con increíble destreza. La primera es con una lonja de cuero de caballo de una o dos pulgadas de ancho y cincuenta pies de largo con un nudo corredizo en u extremo. Este nudo lo sostienen con su mano derecha y el otro extremo con la izquierda, hasta que se aproximan a unas pocas yardas de la bestia y entonces arrojan el nudo corredizo por sobre su cabeza, aún a toda velocidad y aguantan fuertemente la otra punta con la izquierda. La bestia es pronto detenida y tomada. El otro método es con una angosta correa de cuero de caballo, de unos doce pies de largo en cada uno de cuyos extremos está atada una bola redonda de hierro de unas dos libras de peso. Cuando están a una cierta distancia de la presa, revolean una bola varias veces por sobre su cabeza hasta qu toma suficiente vuelo, y luego la arrojan a las patas del caballo soltando la bola de la mano izquierda al mismo tiempo, lo cual rara vez falla en trabar sus patas y voltearlos al suelo". "Los indios eran también muy diestros para matar pájaros con esas bolas, que arrojaban al aire a gran altura".

Esta última parte de la noticia, demuestra la igualdad de usos con respecto a tribus tan alejadas como las isleñas del río Paraná y que sin embargo, según hemos visto anteriormente, no sólo daban el mismo uso a las bolas en lo que respecta al ganado mayor sino para la caza de aves al vuelo. Sobre la boleadora de tres piedras, la que usó normalmente el gaucho para la captura del ganado de talla y más tarde en la guerra, es algo difícil de establecer claramente su origen, aunque parecería en mayor número de opiniones, que se trata de un invento de tipo rural, basado en la boleadora de dos ramales de los indígenas, y no de una herencia cultural de éstos.

Martiniano Leguizamón Etnografía del Plata. El origen de las boleadoras y el lazo. (Fac. de Filosofía y Letras de Buenos Aires, apartado del Tomo XLI de la Revista de la Universidad, Buenos Aires 1919) es categórico al afirmar: "Tengo para mí que la boleadora indígena se componía sólo de dos piedras, una mayor que era la que giraba en torno a la cabeza y la menor o manija que se retenía en la mano hasta arrojarla; esto explica la diferencia de tamaño y forma, en que la mayor ovoidal o esférica, guarda siempre proporción con la menor que servía de manija, de forma piriforme o convexa para adaptarla a la mano. Este tipo de boleadora charrúa se reproduce en la Pampa, donde hasta hace poco se denominaba bola pampa a la boleadora que dos piedras, de las cuales poseo dos ejemplares de piedra rosada y blanca de las sierras Bayas, sin retobo y con surco; una con una planchuela de plata para substituir al tiento que se ajustaba a la bola, y la otra con una tira overa de cuero de lagarto".

"Las boleadoras de tres piedras son invención del gaucho y de ahí el nombre de las Tres Marías con que las denominó en su hablar pintoresco".

Rex González, aunque en parte parece basarse en esta opinión y en la de Silva Valdés, es mucho más cauto y dice simplemente sin comprometer opinión definitiva al respecto: "Es muy difícil decidir si realmente fue una invención local en las regiones del Plata o si constituyó una aculturación llegada de la región andina, donde existen indudables pruebas arqueológicas de que este tipo se usó en épocas prehispánicas".

III. LA BOLEADORA DEL GAUCHO. FORMA Y USO

Según dijimos en líneas anteriores la boleadora usada generalmente por nuestro hombre de campo desde el siglo XVIII, sin ninguna duda, es la de tres ramales y tres bolas, llamada también "bola de potro" o "potreadora" o "Tres Marías", en contraposición con la de dos ramales o "avestrucera" o "ñanducera".

Consistía básicamente en tres pesas de forma esférica o piriforme, de piedra (piedras indias o cantos rodados), madera dura, metal (hierro, bronce o plomo) muchas veces antiguas balas; cuerno (guampa) en este caso moldeadas y rellenas de plomo, y marfil (de lujo, sin uso práctico de trabajo). Estas tres unidades se equilibraban recíprocamente en volumen y peso del modo siguiente: una más pequeña y mucho más liviana, que es la que permanece en la mano hasta el momento mismo del lanzamiento, es con más frecuencia de forma de pera o lenticular para permitir mejor su sujeción. Las otras dos son de peso similar, nunca idéntico, para que al girar se separen bien.

desenhado em Mo Gacha, de Barbosa Lessa Las de piedra, salvo raras veces (en el caso de usarse piedras indias) se ahorraban (retobaban) de cuero: cuero crudo del garrón, bolsa de testículos de toro, y muchas veces lagarto. En el otro caso los tientos pasaban por los surcos de las piedras al modo indígena. A veces el forro era una verdadera cesta de tientos primorosamente tejidos.

Los ramales, sogas o torzales, tampoco eran idénticos, siendo más corto el de la "manija". Eran de uno, dos o tres tientos, torcidos o trenzados y el material era sacado de cuero de potro, cogote de toro o guanaco, y aún de león bayo o de tigre.


El manejo de la boleadora no es sencillo ni fácil. Desde siempre se le consideró como muy sutil y propio de quienes estaban muy adiestrados o aptos para ello. Ya lo señaló el citado Oviedo: "Decían estos españoles que aquí aportaron, que en tanto número de chripstianos como fueron á aquella tierra, habiendo muchos de ellos sueltos y mañosos, ninguno, supo tirar aquellas piedras, según los indios, aunque infinitas veces muchos españoles la probaron. A mi parecer cosa es extremada tal arma en el mundo para los hombres"...

Como trescientos años después, un hombre joven, de más que despejada inteligencia y dotes mentales, como la era Charles Darwin, experimentó en carne propia la más ridícula impotencia para hacer un tiro de bolas, con el desastroso resultado de fajar su propio caballo! El mismo, lo relata así: "Allí los gauchos se perecían de risa y gritaban que hasta entonces habían visto agarrar con las boleadoras toda clase de animales, pero nunca un hombre bolearse a sí mismo".

Las boleadoras las llevaba el gaucho antiguamente siempre a la cintura, en número de uno o más juegos, a veces uno de ellos en bandolera, cuando salía de caza o a merodear. Siempre la manija sobre el flanco derecho y listas para quitarlas de un tirón y tenerlas prontas.

Antes de terminar con esta parte del tema, vamos a realizar transcripciones de viajeros y autores que hicieron observaciones de visu a lo largo del siglo pasado, y, en nuestro país, a principios del presente.

El primero de los viajeros a que vamos a recurrir es Julián Mellet, francés, quien en su ya mencionada obra: Viajes por el interior de la América Meridional, 1808-1820 (Ed. El Pacífico S. A., Santiago de Chile, 1959), dice en una descripción de gauchos "tigreros" o cazadores de jaguares a caballo, con lazo y boleadoras: "si en las primeras tiradas del lazo fallan, emplean en seguida otros más cortos y delgados en cuyas extremidades hay tres piedras, dos de las cuales son del grueso de una naranja, cosidas en la punta de un cordón de cuerdas tejidas en forma de cadena de reloj; cogen una de esas piedras, es decir, la más chila - lo menos la mitad de las otras - cubierta con una especie de vejiga por todas partes, y después de pasar la cuerda entre los dedos con un movimiento de brazo semejante al de disparar la honda, arrojan el todo sobre el tigre y logran así maniatarlo hasta la distancia de trescientos pasos".

Emeric E. Vidal (op. cit.), describe minuciosamente el origen y uso de las boleadoras (pág. 25); "Los primeros colonos españoles, encontraron muy en uso entre los indios de las cercanías del Plata, esa extraña arma llamada las boleadoras que emplea han para cazar avestruces. Los espaiíoles la adoptaron de buen grado, tanto para la caza de dichas aves, como para la de caballos, y ningún hombre de campo da un paso ahora sin llevarlas colgadas a un costado. Consiste esta arma de dos piedras redondas, cada una de las cuales pesa una media libra, cosidas dentro de una cubierta de cuero y unidas por un tira de cuero de cuatro a cinco yardas de largo, bien engrasada para que sea flexible. Las piedras son traídas desde grandes distancias en el interior por los indios, que también fabrican estas armas y las traen a vender a Buenos Aires".

"Al usarlas, una de las piedras se toma en la mano con el tiento enrollado en espirales, los cuales se van soltando gradualmente mientras la otra piedra se hace girar en torno de la cabeza. Cuando se está bastante cerca del blanco, es decir a unas veinte o treinta yardas, se suelta la bola de la mano y va a reunirse con la otra, la cual ha adquirido una increíble velocidad al girar sobre la cabeza, hasta que ambas alcanzan el objeto que se persigue, en cuyo momento la correa toca las piernas y las dos piedras se enroscan a ella en direcciones opuestas, enredando al animal. Cuando se las emplea contra los caballos se usan tres bolas, dos que giran simultáneamente en torno de la cabeza, produciendo una mayor velocidad y probabilidades de enredar a la víctima.

"El caballo más cerril de las llanuras es capturado con las boleadoras que, ya lo arrojan a tierra o bien se enroscan en una pata, impiden su marcha, y lo lastiman a cada salto, hasta que es alcanzado y le arrojan un lazo a la cabeza".

Aicides D'Orbigny (op. cit.), nos da sobre este, como sobre otros tantos apuntes de costumbres de nuestro campo, una descripción minuciosa y exacta. Refiriéndose a tropas del país, dice (pág. 71):.

"Como armas tienen un sable, una carabina y a veces pistolas; pero todos están munidos del terrible lazo (1)... así como de las no menos peligrosas bolas (2)". Y en la nota correspondiente a la llamada (2) dice: "Dos o tres bolas unidas a un eje común mediante otras tantas correas de más de un metro de largo, que se usan para detener a los caballos en plena carrera, derribándolos".

Más adelante amplía sus observaciones (pág. 129): "La forma de bolear parece a los europeos extraordinaria: ya la he descrito, pero hay detalles sobre los que debe volver el lector muchas veces para familiarizarse con la operación. El cazador se arma con dos o tres bolas de plomo o piedra, atadas al extremo de otras tantas correas que se unen a un centro común, formando brazos de igual longitud. Cuando percibe la pieza, lanza su cabalgadura al galope, sosteniendo una de las bolas en la mano derecha, mientras hace remolinear las otras por encima de su cabeza. Cuando se considera a tiro las dispara al animal, al que generalmente dan alcance, silbando por el aire; y por poco que le peguen en las patas, el animal está perdido, porque se le enredan, lo hacen caer y el cazador lo captura vivo".

Finalmente, nos da D'Orbigny el uso de pequeñas boleadoras para la caza de aves al vuelo, tal como las usaban los indios antes de la conquista, pero en manos de paisanos en Corrientes (pág. 137): "Otra arma, no menos ingeniosa, les sirve para cazar pájaros grandes. Consiste en tres bolitas de plomo, atadas al extremo de otras tantas correas unidas. En cuanto el cazador divisa una bandada de cigüeñas, patos o aún pájaros aislados, corre hacia ellos, haciendo girar las bolas sobre su cabeza y lanzándolas sobre la pieza cuyas alas enlazan por efecto del impulso recibido, en forma que el pobre animal, detenido en su vuelo, cae a tierra donde lo atrapa el cazador".

J. B. Debret

J. B. Debret

Su colega, el inglés Charles Darwin, de quien ya contamos una anécdota risueña, (op. cit.) las describe así: "Hay dos especies de boleadoras; las más sencillas empleadas para cazar avestruces, consisten en dos piedras redondas recubiertas de cuero y reunidas por una cuerda delgada y trenzada de unos 8 pies de longitud. Las otras difieren solamente de las primeras en que están compuestas de tres bolas reunidas por cuerdas a un centro común. El gaucho tiene en la mano la más pequefía de las tres bolas y hace dar vueltas a las otras dos en torno a su cabeza; y luego de haber apuntado, las lanza, yendo las bolas, a través del espacio, dando vueltas sobre sí mismas como las antiguas balas de cañón unidas por una cadena. Así que las bolas tropiezan con un objeto, cualquiera que sea, se enrollan alrededor de él entrecruzándose y anudándose fuertemente. El tamaño y el peso de las bolas varía según el fin a que están destinadas; hechas de piedra y apenas del tamaño de una manzana, chocan con tanta fuerza, que algunas veces rompen la pata del caballo en torno a la cual se enrollan; se hacen también de madera, para apoderarse de los animales sin herirlos. Algunas veces las bolas son de hierro, y son éstas las que alcanzan la mayor distancia. La principal dificultad para servirse del lazo o de las boleadoras consiste en montar tan bien a caballo, que se pueda mientras se corre a galope, o cambiando de pronto de dirección, hacerlos girar lo bastante igualmente alrededor de la cabeza para poder apuntar; a pie se aprendería muy pronto a manejarlos". No olvida aquel episodio relatado antes.

Francisco Javier Muñiz, en su interesante Vocabulario Rioplatense (Buenos Aires, 1937); recopilado por Milcíades Alejo Vignati, bajo el título de "Bolas de potro", dice: "Son 3 piedras como el puño, forradas en cuero y atadas a un centro común con fuertes cuerdas de lo mismo largas más de una vara. La usan tomando la más pequeña que llaman manija y haciendo girar sobre la cabeza las otras dos que llaman voladoras las despiden a las patas del animal, cavarlo ó vaca, que quieren enredar. Debe ecsistir cierta relación entre el menor peso de la manija y el mayor de las voladoras que debe ser igual entre sí. Sin esta circunstancia al arrojar las bolas, las voleadoras arrastrarían, sin contrapeso, á la manija, lo que perjudicaría á la seguridad i buen efecto del tiro".

"Las tres bolas se aforran en cuero de potro sacado, por que es mucho más propio, del vacío del animal - í el lazillo de las bolas que es compuesto ya de dos ó tres tientos ó soguillas es hecho de la porción del mismo cuero que corresponde a las costillas. Es práctica no estaqueario, sino estirarlo simplemente, í cortarlo a lo largo, porque en redondo este cuero, á diferencia del de baca, no tiene consistencia".

"El lazo de la manija es algo más corto que el de las voladoras, el que siendo igual paraa cada una de estas bolas es sin embargo, algo más largo que el de aquella. Este (suele) tener un poco más de tres cuartas, i los de aquellas una vara o más. El peso de las voladoras ó voleadoras, que, por lo comun es de seis ú ocho onzas cada una, se proporciona también a la fuerza del brazo que debe manejar este instrumento".

"Los tiros de bola se distinguen, en tiros de tres vueltas, que es el más largo que puede hacer un hombre, probablemente á la distancia de 20 varas. Un tiro más largo, es un tiro de azar. El de dos vueltas (que es el regular) de quince varas, más o menos. El de una vuelta, que comprende la mitad de este tiro. Todavía, se puede llamar tiro de media vuelta aquel en que se pilla tan cerca, el animal a volear, que poco hay que revolear para enredarlo en las bolas. Esto se llama, tomar el animal bajo el freno".

"El retobo ó cuero que envuelve las bolas, como el que forma los lazos, debe estar siempre bien engrasado é flecsible".

"Es bien difícil parar un tiro de bolas; sin embargo, los hombres que tienen posesión del cavallo i sangre fría, asiendo con fuerza el poncho, más o menos plegado por una extremidad; lo echan, inclinándose hacia atrás, cuanto pueden por sobre la anca i cola del caballo, de modo que caiga hasta abajo, lo más apartado posible. Las bolas se enredan entonces en el poncho, i el cavarlo queda libre". (v. dibujo).

"Estes es el único arbitrio conocido de evitar, si se maneja bien, un golpe, que trabando al caballo por las patas le rinde, sin remedio, por vigoroso que sea en una corta distancia, á no ser que esté maestrado á correr boleado, ó puesta la manea en las patas".

"... Aquello es una arma terrible en manos de los campesinos, cuando persiguen á cavarlo. El hombre solo é indefenso que se ve repentinamente asaltado en medio del campo, aunque montando ventajosamente, caerá en manos de sus verdugos, si logran aprisionar su cavarlo con las bolas, La esperanza de salvar en un guerrero valiente i bien montado que se retira o huye en una fatal derrota, queda frustrada, quizás por una mano vil i cobarde, que desde lejos i por la espalda, para de golpe su cavallo que le conducía generoso a la libertad".

Otro viajero, el inglés Thomas Woodbine Hinchliff, en su Viaje al Plata en 1861 (Ed. Hachette, Buenos Aires, 1955), se refiere a las boleadoras en los siguientes términos (pág. 54): "Muchos pilluelos acuden a estos lugares (se está refiriendo a los mataderos) y se ejercitan sobre las gaviotas en el ejercicio del arma nacional, las boleadoras, que consisten en tres bolas unidas por correas, las cuales son arrojadas haciéndolas girar con habilidad y enredan así las patas de las bestias o las alas del pájaro contra las cuales se dirigen".

El francés H. Armaignac (op. cit., 1869-74), hace, por su parte, la siguiente descripción (págs. 117-118): "Las boleadoras, que igualmente emplean los gauchos, como lo veremos más adelante, se componen simplemente de dos bolas pequeñas de plomo, de hierro o de piedra, recubiertas con un trozo de cuero fuerte y fijadas a los dos extremos de una cuerda de seis o siete pies de largo, hechas con tiento de cuero retorcido. Es el arma exclusiva del indio para sus cacerías; los pampas no cuentan con otra, pero a ésta la manejan con grandísima destreza. La forma de emplearla es sumamente sencilla; empuñan una de las bolas con la mano, revolean la otra por sobre su cabeza y luego arrojan ambas contra el animal que persiguen a galope tendido. Las bolas siguen dando vueltas en el aire, la cuerda se enrolla, en torno de las patas del animal perseguido y detienen de inmediato su fuga"... "No se vaya a creer que esa arma es exclusividad de los indios; todos los criollos y hasta muchos extranjeros la manejan con igual destreza que ellos y la emplean a diario, no sólo para cazar avestruces y ciervos, sino también para alcanzar un animal cualquiera, carnero, caballo, buey, etc. Yo he visto más de una vez a los chiquillos cazar pajaritos y patos salvajes con sus boleadoras".

"Las boleadoras no son todas hechas de la misma manera y difieren según el animal a que están destinadas. Así vemos que las que deben servir para cazar avestruces, gamos y otros animales relativamente pequeños, tienen más o menos el tamaño de un huevo de gallina, mientras que las empleadas para los animales grandes, como el caballo o el toro, tienen el tamaño de un puño o de una naranja grande. Estas últimas son de piedra o de madera y constan de tres bolas en lugar de dos: la tercera, más chica que las otras, es la que uno sujeta en la mano. Esta bola esta sólidamente amarrada al extremo de una cuerda de tres a cuatro pies de largo, unida a su vez al medio mismo de la que une a las otras bolas".

"Tanto los indios como los gauchos se ejercitan desde su primera infancia a lanzar las boleadoras. Para esto se emplea una pequefia estaca colocada a cierta distancia, en torno de la cual debe enrollarse la cuerda. Más tarde, las ovejas, las gallinas y hasta los perros, son las víctimas de sus ensayos y, hacia los diez o doce años, es raro que esos muchachitos no sean capaces de cazar ñandúes, o corzos. Con la costumbre van adquiriendo una gran destreza.

... "He conocido muchos gauchos que, por fanfarronada, se tiraban del caballo en pleno galope, y luego lo apresaban en su rápida carrera lanzándole las boleadoras a las patas".

Más adelante hace una minuciosa descripción de una gran boleada de avestruces y ciervos en plena pampa (págs. 176-177): "En el camino encontramos muchos avestruces y ciervos, y el jefe de la expedición autorizó hacer una boleada, es decir, una cacería en regia, en la cual, como siempre, se emplean las boleadoras para capturar la presa".

"Los gauchos... se reúnen muy seguido en grupos que a veces pasan del centenar y organizan esas cacerías que duran varios días".

"Las boleadas tienen lugar en las regiones desprovistas de hacienda, a fin de no espantar y dispersar las vacas y los caballos. Es una de las más grandes distracciones del gaucho"...

"Para hacer esta clase de cacerías o corridas de avestruces, los cazadores parten de un punto en que se encuentran todos reunidos y a caballo, y se dirigen hacia un lado y hacia el otro, en sentido inverso, de modo de ir formando un inmenso arco de varios kilómetros de radio cuyas extren-ddades no tardan en juntarse. Entonces van estrechando el círculo más y más; pronto todos los animales que están en el interior se encuentran rodeados y no pueden escapar sino pasando lo bastante cerca de los hombres como para que éstos puedan perseguirlos y alcanzarlos con sus boleadoras. Cuando el movimiento ha sido bien ejecutado y se ha elegido un sitio donde abunda la caza, es realmente curioso ver a veces varios cientos de avestruces, ciervos y zorros, correr enloquecidos por entre los cazadores. Por todos lados las boleadoras rasgan el aire con su giro, para ir a enroscarse con precisión matemática en las patas de los animales que caen al instante como fulminados por una bala asesina. Es una verdadera matanza en la que los perros aportan su eficaz ayuda".

"Resulta inútil decir que para esas cacerías los gauchos emplean sus mejores pingos, y que no es raro que ocurran rodadas o accidentes".

Otro viajero inglés, Robert Crawford (op. cit.), entre 1871 y 1873, tuvo oportunidad de ver a los paisanos usando, esta arma, tan extraña para los extranjeros, y lo cuenta así (pág. 66): "Las boleadoras mencionadas constituyen el arma universal de los gauchos.... que las usan con la destreza y puntería que solamente puede dar una práctica constante".

"Por lo general se componen de tres bolas, aproximadamente de unos 5 centímetros de diámetro, pero que a menudo es mucho más pequeño. Dos de ellas son pesadas y están hechas de piedra o a veces de plomo, sobre todo en el caso de las de menor tamafío; la tercera tiene más o menos el mismo grandor, pero es de un material más liviano que las otras. Cada bola se halla unida al extremo de una guasca de cuero trenzado, de casi dos metros cada una; los otros extremos de estas correas se atan juntos formando un nudo. Para usarlas, se empuña la bola más liviana y se las hace girar con rapidez sobre la cabeza, de modo que las dos bolas sueltas den vueltas en la punta de la guasca. Cuando se ha obtenido velocidad suficiente, todo el arma puede arrojarse a considerable distancia sobre la víctima a la que se quiere dar caza, cuyas patas difícilmente se salvan de quedar enredadas, pues las bolas se van enrollando desde direcciones opuestas y las ligan con firmeza. Las boleadoras descriptas se emplean por lo general para apreender vacunos y equinos, o animales salvajes grandes, ,mientras que para cazar avestruces se usan boleadoras mucho más pequeñas, compuestas por dos bolas y no por tres".

Roberto Cunninghame Graham (op. cit.) dice: (La Pampa - II - Tkaducc. de S. Pérez'ftiana, pág. 17): "Las boleadoras, que los gauchos llamaban las tres Marías eran el arma característica de aquellas llanuras; con ellas los indios mataron a muchos soldados de Don Pedro de Mendoza, durante la primera expedición cristianizante del Río de la Plata; con ellas también las bravas tropas gauchas que se levantaron al mando de Ello y Liniers, les trituraron el cráneo a muchos ingleses luteranos - as! llamados por el bueno de Deán Funes en su historia - que á las órdenes de Whitelock, habían atacado la ciudad".

El Conde de Saint-Foix (La Republique Orientale de ]'Uruguay, Histoire, Geógraphie, Moeurs et Costumes, etc. París, Libraire Leopold Cerf. 1892, pág. 310), nos ilustra así: "En el primer descanso, apercibimos colgadas de una de las paredes exteriores de la casa de postas, las bolas, de las que se sirven para agarrar animales, caballos, bueyes o avestruces. Este proyectil consiste en tres bolas de piedras o de plomo recubiertas de cuero y unidas entre ellas por cuerdas también de cuero trenzado, de alrededor de tres metros de largo; dos de estas bolas son del tamaño de una de billar, la tercera, más pequeña, es sostenida por el gaucho en su mano, haciendo girar las otras dos por encima de su cabeza, después suelta el conjunto, y las cuerdas, encontrando la meta, se enredan alrededor del objeto que él quería alcanzar".

Edward Montet (Brésil et Argentina. Notes et Impressions de voyage - 2eme Edition - Genéve París - C. 1896, págs. 232-233) dice: "Más no podéis juzgar al gaucho cuando está a pié, es necesario verlo en uno de sus rápidos cruceros pampeanos, que no conocen otro aire que el galope. Entonces él es verdaderamente admirable. No es sino a caballo que a él le gusta trabajar, armado del lazo o de las bolas, (1) para cortar el paso y voltear en tierra caballos, toros, venados o avestruces". Y en la llamada dice: (I): "Se da el nombre de bolas a tres bolas de piedra o de metal, suspendidas de tres correas de largo desigual y atadas en conjunto. El boleador, reteniendo en su mano la bola cuya correa es más corta, hace girar rápidamente las otras dos por encima de su cabeza, y en el momento deseado las suelta en la dirección por él designada. Hemos visto a gauchos matar así, desde lo alto de su caballo, perdices, a pesar de la pequefiez relativa de estos animales de caza".

El Dr. Roberto Bouton, autor de extraordinarias observaciones sobre La vida rural en el Uruguay, publicadas por la Revista Históríca en una recopilación del Prof. Lauro Ayestarán, en cuyo capítulo III, Indumentaria, Armas y Castigos, parágrafo 37 titulado: Boleadoras (págs. 93 y sig.) señala: "Antiguamente el gaucho usaba las boleadoras, atadas a la cintura, pues de esa manera siempre las tenía a mano, hasta para el caso de no quedar a pie y detener al montao, que dispara a raíz de una rodada, etc. en aquellos campos inmensos y abiertos".

"Hoy, es más común llevarlas debajo de los cojinillos, siempre atadas de modo de estar en condiciones en cualquier momento, de poder hacer uso de ellas. Para eso se arrolla la soga de las dos bolas y la envuelve con la de la manija, que al terminar, cruza por entre las otras. De llevarlas en la cintura, se cruza, una vez envueltas, una soga en la otra, en un medio nudo, sobre el lado izquierdo de la cintura, de manera que en caso necesario, el gaucho, tomando la manija con la mano derecha, no tiene más que desenredar con la izquierda las otras y pasar la manija por entre los ramales largos, y ya está pronto para revolear y hacer su tiro".

"Para evitar tener que desenredar la manija, algunos al arrollar las boleadoras, ponen la manija con una de las piedras grandes (en lugar de acollarar las dos grandes), de manera que basta tomar la manija y revolear, para que se desenreden solas. Esta manera de atar las boleadoras, sirve lo mismo para llevarlas en la cintura como debajo de los cojinillos".

"El gaucho, en el manejo de las boleadoras, es de una destreza asombrosa".

"Cuando se tiran las boleadoras de a caballo (conviene para mejor afirmarse, acortar un poco el estribo del lado de enlazar), poniendo el caballo a la carrera, con viento favorable, van a una distancia de 70 o más varas. Al soltarlas, después de revoleadas, van dando vueltas en el aire y se abren en forma de Y griega, y así van dando vueltas en el aire hasta caer y enredarse en las patas del animal". "Para bolear al caballo, debe tirársela las boleadoms de manera que caigan sobre el anca, ya que el animal al sentirlas, apura la carrera y deslizándose las bolas, se enredan fácilmente en las patas. Al avestruz se le tira al pescuezo, que al sentirlas baja la cabeza y ayuda a que se enreden las bolas. Bolear perros, es de las boleadas más difíciles, pero la vaquía de nuestros criollos hace que caigan enredados en las bolas e para ello procuran que las boleadoras piquen en el suelo, a una distancia prudencia del perro perseguido y en el bote, caigan cruzándolo, que en la carrera él sólo se manea".

IV. CONCLUSIONES SOBRE SU IMPORTANCIA

La primitiva área indígena de la boleadora se redujo después de la conquista y colonización, pero, por decirlo así, se tipificó mejor, se acentuó en profundidad, haciéndose instrumento de caza y guerra de primera magnitud, atributo de la más alta calificación del tipo rural ecuestre, en las llanuras verdes, en las pampas y cuchillas donde el gaucho tuvo sus habitat natural, que era donde lógicamente podía prosperar tal tipo de útil.

Adaptada y adoptada por el gaucho, por aquellos cruzadores de la tierra, merodeadores de ganados y de hombres, la boleadora adquirió en el siglo XVIII su máxima jerarquía como útil precioso para un oficio que definió y defendió todo un sistema económico, negativo o no, esto es lo discutible, pero que innegablemente predestinó históricamente a una de las regiones más fértiles, ricas y de mayor importancia social-política en el Nuevo Mundo.

El gaucho primitivo, el gauderio, era un tipo que desde los primeros tiempos se definió para el hombre de la ciudad o el europeo, por una exótica personalidad con atributos intrínsecos y exteriores, entre estos últimos la boleadora. Ya lo señala, y es todo un testimonio, una comunicación de Antonio Pérez Dávila, dada en el Campamento de Acevedo en San Antorúo de Areco en 1771, donde dice: "Remito presos a Pedro Sambrano, Juan Alarcón y Simón Falcón, el primero conocido gauderio y ladrón de toda especie de ganado y acusado deste delito ante los Alcaldes deste Partido, y los otros por aberlos cojido en su compañía con bolas, lazo, maneas y cuchillos, armas propias de gauderios y ladrones...".

Don Diego de Alvear tuvo exacta noción de su valor e importancia como arma de guerra, junto con el lazo, y lo señala terminante: "Una milicia constituida sobre el pie de montura, lazo y bolas de los Gauchos ó Gauderios (así llaman a los hombres de campo) por la ligereza de estas armas, nada expuestas al orín, que excusan el peso y gastos de las municiones, su segura prontitud a obrar en todos tiempos, secos ú de lluvia; y finalmente por su mayor alcance, nos hace presumir, podría sacar alguna ventaja sobre el Sable de la Caballería de Europa, en algunas circunstancias de la guerra, no tiene duda, que sería utilísima; y a lo menos la novedad no dexaría de sorprehender, y causar su efecto en las primeras funciones. La fogosidad de los Caballos Europeos no sabría conservar su formación á los pocos tiros de bolas; y el sable, ni la bayoneta, impedir los estragos del lazo".

Este consejo no lo supieron aprovechar sus compatriotas, y algunos años después, iniciado el ciclo emancipador, volvieron a saber - decimos volvieron a saber, porque ya las boleadoras habían conseguido en las llanuras platenses, en manos de aquellos rudos y primitivos indígenas desnudos, lo que no habían conseguido las fuerzas de los más grandes Imperios, de los hijos del Sol de las altas cumbres, en meso y sudamérica: detener a las montadas y aceradas huestes victoriosas de la soberbia Castilla, desmontar y rendir aquellos centauros monstruosos de hierro y fuego - volvieron a saber, repetimos, de la ignominia de morder el polvo de la llanura o quebrarse el pescuezo en las duras cuchillas, fajado el airoso corcel por aquella fatídica y tremenda serpiente voladora, tricéfala y contundente.

En el entrevero subsiguiente a la carga de la mentonera heroica, cuando la lanza ya había sido rota o había quedado engarzando el rubí sangriento de una entraña abierta, las boleadoras manejadas a modo de maza, eran más que útiles en el cuerpo a cuerpo de a caballo, y luego, en la victoria, el elemento necesario para detener la carrera del enemigo en fuga.

Más tarde en las guerras civiles, continuó siendo arma de prier onrdem en la caballería paucha, y de su importancia como ejemplo de aculturación general, lo tenemos en el hecho que, la caballería de heroicos guaraníes que la valentía paraguaya opuso a las huestes de la 'ftiple Alianza, llevaba varios juegos de boleadoras en la cintura y en bandolera, como parte de su equipo de guerra.

Por último a modo de colofón, vamos a traer hasta el lector una descripción de cómo fue muerto un anciano guerrero, un héroe de Los Andes, el General Anacleto Medina, para que se vea hasta dónde y hasta cuándo, siguieron siendo las bolas una temible arma en la guerra gaucha. Se trata de un artículo publicado en la revista Rojo y Blanco (Montevideo, 22 de julio de 1900, Año 1, N? 6, págs. 136/7) con la firma del Teniente José Luciano Martínez, quien refiere que: "Hace dos años, en una de las largas y sabrosas charlas con el General don Gregorio Castro... se tocó el episodio de la muerte del General Medina... y.. me narró, punto más, punto menos, lo que voy a repetin.'. Después de describir el estado general de las cosas sobre el final de la batalla de Manantiales ya cuando la derrota revolucionaria era un hecho dice: "Se produjo el choque con impetuosidad. Medina se puso en retirada, siguiendo el movimiento disperso de sus compañeros. Al mismo tiempo que el Mayor Sabat, en un tiro certero de boleadoras fajaba el caballo de Medina, el Mayor Feliciano Viera atravesaba con su lanza al viejo soldado".

Hoy día la boleadora es, en nestro país, un recuerdo, una reliquia; pero no una pieza polvorienta de museo o de desván. Es un recuerdo vivo, reliquia o mejor relicario que se sigue usando, quizás a modo de amuleto o en señal de veneración. Muchas veces hemos visto un brillo especial relampaguear en la mirada adormecida de soles, de algún viejo paisano, al nombrarla en su presencia. Un brillo iluminado quién sabe por qué lejuras y henchido quién sabe por qué bravos sones.


Nuestro paisano de hoy, el de ley, cuando ensilla su pingo de lujo con pilchas de dominguear, nunca olvida poner las bolas "de garupa". Son su orgullo, son un símbolo, como lo fueron hace mucho anudando la cintura de un abuelo heroico, que las llevaba como atributo, como lleva la dama de frigio gorro las trozadas cadenas en las muñecas, representación formal de su carácter y su altivez de libérrimo dueño y señor de su destino.

Fernando Assunpáo Pilchas Crillas - Montevideo, 1979, pág. 187

 

Opa, leste até aqui? Bueno, me adesculpe se está em español, mas com estas épocas de integración ao Mercosul, acho que tu já deverias estar preparado para esta língua. Se perceber algum erro ortográfico ou de gramática, reclame ao WordScan, que foi o software de OCR que utilizei!!! baita abraço, Cohen.

[Topo]